AMPLIFICACIÓN
Considérase la amplificación como una figura retórica. Quizá tuvieran más razón si dijeran que era un defecto. Cuando se expresa todo cuanto se debe decir, no se amplifica, y cuando se dice todo lo que debe decirse, si se amplifica se dice demasiado. Cuando se refiere a los jueces un acto, bueno o malo, bajo todos sus aspectos, en ese relato no se comete la figura amplificación, pero si se le añaden datos superfluos se exagera el relato y se fastidia al que escucha.
En otros tiempos conocí en las escuelas la costumbre de conceder premios de amplificación. Esto era enseñar a los alumnos a ser difusos. Hubiera sido más útil premiar a los que acertaran a concentrar los pensamientos, porque este estudio les acostumbraría a hablar con más precisión y energía. Mas no por evitar la amplificación hay que caer en la sequedad de estilo.
La excelente oda de Safo, en que describe los síntomas del amor, traducida a todos los idiomas, no sería tan patética de no expresar el ardor de la pasión que dicha poetisa sintió y se refiriese a otra mujer cualquiera. Sólo en este caso podría considerarse como amplificación.
La descripción de la tempestad en el primer libro de la Eneida tampoco es una amplificación. Es la descripción veraz de cuanto sucede en una tempestad; no hay en ella ninguna idea repetida y la repetición es el defecto en que suelen incurrir casi todas las amplificaciones.
La amplificación, la declamación y la exageración, fueron abusos que cometieron siempre los escritores griegos. Pero de esta regla general hay que exceptuar a Demóstenes y Aristóteles.
Andando los años se puso como un sello de aprobación casi universal a fragmentos de poesías absurdas por contener éstas algunos rasgos brillantes que hacen olvidar el poco valor de los restantes versos, y porque los poetas que aparecieron después no lo hicieron mejor y los comienzos informes de todo arte consiguen alcanzar más reputación que el mismo arte perfeccionado.
Actualmente, entre los franceses, la mayoría de las homilías y oraciones fúnebres, y de los enfáticos discursos que se pronuncian en ciertas ceremonias, sólo son abrumadoras amplificaciones, amén de que están henchidas de lugares comunes que se repiten hasta la saciedad. Esos discursos debían pronunciarse raras veces y de este modo resultarían soportables. ¿A qué conduce hablar mucho cuando no hay nada nuevo que decir? Hora es ya de poner freno a tan exorbitada incontinencia verbal.
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