Pero un lunes, sin aviso previo, Núñez llegó a La Pirotecnia con una valija, o tal vez era un baúl grandioso, descomunal, pasó por la portería a las diez y media, no marcó la tarjeta, no subió al guardarropa. Abrió la puerta vaivén de un puntapié y dijo:
–Buen día, miserables.
Veinte empleados, tres jefes de sección y un gerente sintieron recorrido el espinazo por una descarga eléctrica que los unía en misterioso circuito. En el silencio sepulcral de la oficina, las palabras de Núñez resonaron fantásticas, lapidarias, apocalípticas, increíbles. Nadie habló ni se movió.
–Buen día, he dicho, miserables.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
martes, 11 de septiembre de 2012
Caperucita roja, de Dalmiro Sáenz
De Caperucita Roja mejor no hablar, conviene más escribir, aunque más no sea por la compensación económica que ese esfuerzo reporta al autor de estos cuentos, hombre altruista y generoso si se me permite decirlo y de cuyo talento dan fe estas magníficas páginas.
Caperucita era una típica representante de la pequeña burguesía. Su madre, inseminada artificialmente por un veterinario local, esperaba un Aberdeen Angus y mayúscula fue su sorpresa al comprobar que el veterinario le había metido el perro como quien dice, pues lo que tuvo el día del parto fue un lindo cachorro de ovejero alemán al que más tarde llamarían Lobo.
Caperucita era una típica representante de la pequeña burguesía. Su madre, inseminada artificialmente por un veterinario local, esperaba un Aberdeen Angus y mayúscula fue su sorpresa al comprobar que el veterinario le había metido el perro como quien dice, pues lo que tuvo el día del parto fue un lindo cachorro de ovejero alemán al que más tarde llamarían Lobo.
El pastor mentiroso, de Dalmiro Sáenz
En realidad la versión oficial es la correcta. El pastor solía alarmar a los vecinos gritando que venía un lobo para matarse después de risa diciendo:
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No hay ningún lobo! Era una broma.
Un día no fue broma. Un lobo apareció y cuando el pastor dio la alarma los vecinos exclamaron:
-Qué va. Debe ser otra de sus chanzas- y nadie vino en su auxilio y el lobo se comió todas las ovejas.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No hay ningún lobo! Era una broma.
Un día no fue broma. Un lobo apareció y cuando el pastor dio la alarma los vecinos exclamaron:
-Qué va. Debe ser otra de sus chanzas- y nadie vino en su auxilio y el lobo se comió todas las ovejas.
sábado, 8 de septiembre de 2012
No te salves, de Mario Benedetti
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
El foco, de Virgina Woolf
La mansión del vizconde del siglo XVIII había sido transformada en un club del siglo XX. Y era agradable, después de cenar en la gran estancia con columnas y candelabros, bajo el esplendor de la luz, salir a la terraza que daba al parque. Los árboles eran frondosos, y si hubiera habido luna se hubiesen podido ver las banderolas de color rosa y crema puestas en los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, tras un hermoso día de verano.
viernes, 7 de septiembre de 2012
jueves, 6 de septiembre de 2012
La montaña, de Enrique Anderson Imbert
El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
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