El
rasgo fundamental de mi doctrina, lo que la coloca en contraposición
con todas las que han existido, es la total separación que establece
entre la voluntad y la inteligencia, entidades que han considerado
los filósofos, todos mis predecesores, como inseparables y hasta
como condicionada la voluntad por el conocimiento, que es para ellos
el fondo de nuestro ser espiritual, y cual una mera función, por lo
tanto, la voluntad del conocimiento. Esta separación, esta
disociación del yo o del alma, tanto tiempo indivisible, en dos
elementos heterogéneos, es para la filosofía lo que el análisis
del agua ha sido para la química, si bien este análisis fue
reconocido al cabo. En mi doctrina, lo eterno e indestructible en el
hombre, lo que forma en él el principio de vida, no es el alma, sino
que es, sirviéndonos de una expresión química, el radical del
alma, la voluntad. La llamada alma, es ya compuesta; es la
combinación de la voluntad
con el nouz, el intelecto. Este intelecto es lo secundario, el
posterius
del organismo, por éste condicionado, como función que es del
cerebro. La voluntad, por el contrario, es lo primario, el prius
del organismo, aquello por lo que éste se condiciona.
miércoles, 9 de enero de 2013
martes, 8 de enero de 2013
Micromegas, de Voltaire
Capítulo 1.– Viaje de un habitante de la estrella Sirio al planeta Saturno
Había en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamada Sirio, un mozo de mucho talento, a quien tuve la honra de conocer en el postrer viaje que hizo a nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre Micromegas. Tenía ocho leguas de alto, quiero decir, veinticuatro mil pasos geométricos de cinco pies cada uno.
Algún matemático, casta de gente muy útil al público, tomará la pluma en este trance de mi historia y calculará que teniendo el señor Micromegas, morador del país de Sirio, veinticuatro mil pasos, desde la cabeza a los pies, que hacen ciento veinte mil pies, y nosotros, ciudadanos de la Tierra, no más por lo común de cinco pies, y midiendo la circunferencia de nuestro globo nueve mil leguas, es absolutamente preciso que el planeta donde nació nuestro héroe tenga cabalmente veintiún millones y seiscientas mil veces más de circunferencia que nuestra minúscula Tierra. Nada más natural. Los Estados de ciertos príncipes de Alemania o de Italia, que pueden andarse en media hora, comparados con Turquía, Rusia o China, son un ejemplo muy pálido de las diferencias que la naturaleza ha establecido en todas las cosas.
Siendo la estatura de Su Excelencia la que llevamos dicha, convendrán todos nuestros pintores y escultores que su cintura podría medir unos cincuenta mil pies de circunferencia, lo que revela una bella figura. Su entendimiento era de los más perspicaces; sabía muchas cosas y otras las inventaba; apenas frisaba en los trescientos cincuenta años y siendo estudiante de un colegio de jesuitas de su planeta, descubrió a fuerza de inteligencia más de cincuenta proposiciones de Euclides, dieciocho más que Blas Pascal el cual, luego de adivinar como quien juega (según dijo su hermana), treinta y dos, llegó a ser, andando los años, un geómetra muy mediocre y un pésimo metafísico.
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